Aterrizamos en el aereopuerto de Casablanca pasadas las doce de la mañana. Estaba tal y como lo recordaba de mi última visita. Shiwan Khan quiso tomar el control de la ciudad por su elevado valor estratégico en el mapa. Quería un puesto de avance entre África y Europa, que le diese espacio de actuación para sus planes. Esa vez, se lo impedí y el pobre de Rick se quedó con su bar completamente destrozado, pero al menos, a su pesar, pude detener los planes de Khan. También, esa vez fue la ultima que trabaje con el científico, a día de hoy en busca y captura por otros actos en todo el mundo, el Dr. Banner.
A la salida del aereopuerto pedimos un taxi para que nos llevara al Ritz Casablanca, que es donde había contratado nuestras habitaciones antes de partir de Nueva York. Además, hasta el día siguiente por la mañana no salía nuestro ferrocarril hasta nuestra siguiente parada en el viaje hasta Bengalla.
Cuando llegamos al Ritz, no pude evitar centrarme en una figura en la entrada del hotel. Un hombre no muy corpulento, pero de complexión atlética, vestido con un traje negro y una gabardina larga de color crema, que hacia conjunto con su sombrero. Un hombre de tez curtida, ojos pétreos y amarga sonrisa que se estaba encendiendo un cigarrillo. Era Rick Blaine.
Cuando bajamos del taxi, Rick nos saludó con el sombrero. Mientras se acercaba hacia nosotros, me fije en el cartel de la puerta del Ritz. Tenia una pequeña inscripción donde se podía leer, Blaine Properties.
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