dimarts, 17 de febrer del 2015

Interludio I

Obedecí como es menester el dictamen del tribunal. Como Garra, no debo desobedecer. Otra vez, me han encomendado la vigilancia de la familia Antonelli o la hermandad de las Capuchas Rojas. Estoy en el tejado del almacén doce en medio de esta lluvia torrencial infernal. Repito la vigilancia del almacén número trece del puerto de Nueva York. Se ve que es el lugar secreto de reunión de la hermandad. Cada semana se reúnen allí. Hace unos minutos, el Buick que utiliza el guardaespaldas y agente de Giamatti apareció. Según sabe el tribunal, ese coche perteneció al difunto fiscal del distrito, John Maxwell. Lo que me inquietó fue el otro coche invisible que le seguía. En la oscuridad pude comprobar como se movía y el golpeo de las gotas de lluvia en su carrocería. Mis únicas habilidades especiales, volvieron a ser perfectas a la hora de demostrar su valía, una vez más.

Comprobé como el Buick hizo sonar su claxon, tal y como había descubierto con anterioridad. Se que obre a espaldas al tribunal, cuando compartí esa información a través de una escucha con ese joven llamado Burbank que trabaja para la Sombra. Burbank se sorprendió cuando intercepte su llamada y hablé con él, pero supongo que tras hablar largo y tendido accedió. Y solo tengo que atar un par de cabos sueltos, para interralacionar ese coche invisible con la Sombra o sus agentes encubiertos. Las puertas del almacén número trece se abrieron y el Buick se introdujo en su interior, como el coche invisible unos pocos metros atrás. Se cerraron y esperé bajo la lluvia. En mi espera, me dediqué a repasar los papeles y mapas que me había entregado el tribunal. Revise mis armas y las recoloque en mis pistoleras. Comprobé mi auricular y intercomunicador y vi que funcionaban sin problemas, a pesar de la lluvia incesante. Informé al tribunal que seguía con el plan preestablecido. El Buick hizo sonar de nuevo su claxon y abandono tras unos veinte minutos el interior del almacén. No hubo rastro del coche fantasma, cosa que me llevó pensar que seguía oculto en su interior. La lluvia seguía cayendo sin parar sobre mi cuerpo. Aproveché la capa de ala de murciélago y con los papeles que me había entregado el tribunal, seguí practicando mis clases de origami. Cualquier distracción, me servía mientras esperaba.

Entonces un temible estruendo me lanzó hacia atrás. Las puertas estallaron en mil pedazos de dentro hacia afuera. Me incorpore rapidamente y cuando fijé mi vista en el almacén, me concentre y vi salir el coche fantasma. Afine mi vista en lo que podrían ser sus ventanas según su forma. Atravesé el escudo de invisibilidad y discerni las figuras de Doc Savage, al ricachon del Sr. Cranston y a los demás no pude verlos con claridad. Pero me fije que llevaban entre los pasajeros de la parte de atrás, el cuerpo de un hombre que tampoco pude reconocer.

En ese instante, mientras el coche invisible desaparecía a alta velocidad, un relámpago cayo sobre una toma eléctrica. Los chispazos eran enormes y continuados. De pronto, se formó un vórtice de viento y luz en su centro. Apareció una gran bola de luz que expulsó el cuerpo de una mujer, cuando la bola desapareció, tal y como habia aparecido, volviendo a quedar la noche en silencio. Los Capuchas Rojas irrumpieron en escena bien armados de entre los escombros de las puertas del almacén. El cuerpo de la mujer era a escasos doce metros de ellos. Bajé rápidamente del techo del almacén y corrí hacia el cuerpo. Lo arrastré hasta unos contenedores cercanos. Era una joven esbelta de largos cabellos negros y piel sonrosada por el sol. Llevaba calaveras en el pañuelo, sostén y cinturón. Le colgaban de sus orejas unos enormes círculos dorados a modo de pendientes. Estaba casi desnuda. Un simple sostén de cuero cubría sus tulgentes pechos y unos pantalones de cuero bien prietos. Sus botas eran de montar a caballo y de su cinturón sobresalían unas cartucheras. Sus pistolas parecían de ciencia ficción o de juguete.
- Tarántula. Soy Madame Tarántula.-dijo antes de desvanecerse.

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